Pensamientos del humano tras el dragón urbano

Es triste contemplar como las cosas terminan de pronto... pero no, no lo hicieron de pronto, porque hace tiempo que mis ojos veían las señales de peligro, los avisos de camino cerrado, las advertencias de que me detuviera, de que no siguiera... lo sabía, sabía que terminaría, pero a veces el corazón no quiere entender. A veces, uno solo quiere creer.
Se marchitó, como se marchitan las hojas en invierno. Murió, porque ese era su destino: aún desde el momento de comenzar estaba destinado a perecer en el silencio, a desgastarse como se desgastan usualmente las cosas, con el tiempo, con la falta de ganas, con el cansancio de no pelear... Fue tan lento, progresivo y engañoso; el amor se retiró en silencio y sin decir adiós, y así sin más, de un día al otro, nos vimos como dos extraños, enfrentados nuevamente por el peso de nuestras creencias y costumbres, tan distantes y distintas la una de la otra. Fue tan lento, tan metódico y silencioso, que ahora nisiquiera duele.
No, no duele... aún cuando hace poco dijimos adios, no duele.
Sólo queda el vacío cuadrado que dejan las cosas que siempre han estado ahí. El vacío confuso de dudar, y creer recordar que algo falta.
Aprendí por mil experiencias que las palabras que quedan sin decirse siempre duelen más que las que son dichas. Esa noche aprendí algo distinto: que cuando algo se termina, se termina. Que a veces no hay más vuelta que dar. Que a veces lo único que queda es decir adios en silencio.
¿Valió la pena? No lo sé, no me importa. Sé que yo crecí. Sé que yo aprendí. Sé que sigo viva.
Sé que existo.
No hay dolor, sólo vacío. No hay recuerdos, sólo oscuridad. No hay culpas, sólo silencio. No hay nada, nada de nada, ausencia absoluta de todo, absurda abundancia de tranquilidad, extraña paz incompleta, pensamientos vacíos, palabras vacías, ojos abiertos en mitad de una noche que no termina.
La noche antes del día es la noche más larga del mundo. Es la noche en que no quedan más palabras por decir, en que no queda nada que pensar. Es una noche tan tranquila, tan estática, que aún el sueño se intimida y prefiere pasarla de largo. Es una noche eterna coronada por el silencio, una noche en la que el tiempo se detiene para mirarte a los ojos y sostenerte la mirada, una noche que emula la nada...
Y uno no puede dormir en esa noche.
El despertador sonó a primeras horas de la mañana; aún adormilada no podía entender cómo había conseguido conciliar el sueño después de todo. Todavía el silencio y la oscuridad tendían un manto tenue sobre el cuarto que parecía haberse detenido en el tiempo, esperando. Abrí la puerta para contemplar el exterior.
El cielo era claro y despejado. No había tormenta. No había nubes. No había nada.
Adentro, durante la noche antes del día, nada más existe. En el interior de aquel pequeño pedazo de nada perdido en el tiempo se llega a desear que esa eternidad pudiera extenderse a cada ser de la creación, a cada mínimo trozo de tierra, a cada célula viva sobre la superficie del planeta hasta que ese infinito sabor a nada detuviera toda vida durante el tiempo necesario para terminar el luto solitario y silencioso del corazón.
Pero el mundo sigue ahí, ignorante, orgulloso, tan seguro de que todo es igual, tan pleno en la idea de que nada ha cambiado... como si la noche antes del día no fuera más que una ilusión que nada vale, que nada toca. Aún en esa noche el mundo no se había detenido.
Aún en el vacío amanecía.
Y lloré, viendo el cielo iluminado por el sol de un nuevo día. Lloré porque la vida seguía. Lloré porque ya no me quedaba nada porqué llorar, porque después de la noche, después de esa noche, nacía un nuevo amanecer.
La noche antes del día había terminado.



