julio 18, 2007

La noche antes del día

Pensamientos del humano tras el dragón urbano



Tenía miedo de dormir porque sabía lo que me esperaba: silencio y oscuridad. Abrazada a un familiar, escuchando cualquier sonido, alumbrada por luces que no tenían nada de especial... ahí, en lo cotidiano, en lo común... me distraía. Sabía que al subir a mi habitación todo cambiaría. Que al cerrar los ojos en el silencio nocturno, en la oscuridad de la habitación en penumbras, nada me evitaría pensar... y eso era lo último que queria hacer esa noche: pensar.

Es triste contemplar como las cosas terminan de pronto... pero no, no lo hicieron de pronto, porque hace tiempo que mis ojos veían las señales de peligro, los avisos de camino cerrado, las advertencias de que me detuviera, de que no siguiera... lo sabía, sabía que terminaría, pero a veces el corazón no quiere entender. A veces, uno solo quiere creer.

Se marchitó, como se marchitan las hojas en invierno. Murió, porque ese era su destino: aún desde el momento de comenzar estaba destinado a perecer en el silencio, a desgastarse como se desgastan usualmente las cosas, con el tiempo, con la falta de ganas, con el cansancio de no pelear... Fue tan lento, progresivo y engañoso; el amor se retiró en silencio y sin decir adiós, y así sin más, de un día al otro, nos vimos como dos extraños, enfrentados nuevamente por el peso de nuestras creencias y costumbres, tan distantes y distintas la una de la otra. Fue tan lento, tan metódico y silencioso, que ahora nisiquiera duele.

No, no duele... aún cuando hace poco dijimos adios, no duele.

Sólo queda el vacío cuadrado que dejan las cosas que siempre han estado ahí. El vacío confuso de dudar, y creer recordar que algo falta.

Aprendí por mil experiencias que las palabras que quedan sin decirse siempre duelen más que las que son dichas. Esa noche aprendí algo distinto: que cuando algo se termina, se termina. Que a veces no hay más vuelta que dar. Que a veces lo único que queda es decir adios en silencio.

¿Valió la pena? No lo sé, no me importa. Sé que yo crecí. Sé que yo aprendí. Sé que sigo viva.

Sé que existo.

No hay dolor, sólo vacío. No hay recuerdos, sólo oscuridad. No hay culpas, sólo silencio. No hay nada, nada de nada, ausencia absoluta de todo, absurda abundancia de tranquilidad, extraña paz incompleta, pensamientos vacíos, palabras vacías, ojos abiertos en mitad de una noche que no termina.

La noche antes del día es la noche más larga del mundo. Es la noche en que no quedan más palabras por decir, en que no queda nada que pensar. Es una noche tan tranquila, tan estática, que aún el sueño se intimida y prefiere pasarla de largo. Es una noche eterna coronada por el silencio, una noche en la que el tiempo se detiene para mirarte a los ojos y sostenerte la mirada, una noche que emula la nada...

Y uno no puede dormir en esa noche.

El despertador sonó a primeras horas de la mañana; aún adormilada no podía entender cómo había conseguido conciliar el sueño después de todo. Todavía el silencio y la oscuridad tendían un manto tenue sobre el cuarto que parecía haberse detenido en el tiempo, esperando. Abrí la puerta para contemplar el exterior.

El cielo era claro y despejado. No había tormenta. No había nubes. No había nada.

Adentro, durante la noche antes del día, nada más existe. En el interior de aquel pequeño pedazo de nada perdido en el tiempo se llega a desear que esa eternidad pudiera extenderse a cada ser de la creación, a cada mínimo trozo de tierra, a cada célula viva sobre la superficie del planeta hasta que ese infinito sabor a nada detuviera toda vida durante el tiempo necesario para terminar el luto solitario y silencioso del corazón.

Pero el mundo sigue ahí, ignorante, orgulloso, tan seguro de que todo es igual, tan pleno en la idea de que nada ha cambiado... como si la noche antes del día no fuera más que una ilusión que nada vale, que nada toca. Aún en esa noche el mundo no se había detenido.

Aún en el vacío amanecía.

Y lloré, viendo el cielo iluminado por el sol de un nuevo día. Lloré porque la vida seguía. Lloré porque ya no me quedaba nada porqué llorar, porque después de la noche, después de esa noche, nacía un nuevo amanecer.

La noche antes del día había terminado.

abril 29, 2007

¿Estás listo?


¿Estás seguro? Porque a veces, la mente engaña, la búsqueda de comodidad confunde, y tenemos la falsa seguridad de que solo por ocupar un asiento frente a un predicador somos limpios, sin mancha, sin arruga, SANTOS...

Mañana puede ser tarde.

¿De verdad estás listo?

marzo 12, 2007


Seis rarezas

Pensamientos de un dragón urbano bien acompañado.

Chiclez-chan



Un nómada es aquel sin morada fija ni lugar a dónde ir. Yo me creí nómada, y llevada por ese sentimiento prometí no volver a este olvidado rincón del universo hasta que el santísimo Dios que todo lo puede me concediera el don divino de la banda ancha, pero... ¿cómo decirle que no a esos ojos?
La pollita se paseaba grácilmente entre mis garras, fascinándome con sus relatos. Un pichón de ave junto a una vieja dragona como yo... a veces la amistad es de lo más extraña.

"Te paso la bolita" me dijo.

"¿La bolita?"

Extraña forma de concluir una plática sobre DVDs. El ave se sentó en mis garras, dibujando una sonrisa con su mirada de profundos ojos negros.

"Tienes que contar seis de tus rarezas" pió alegremente.

Dejé escapar un suspiro de esos que arrancan árboles. Ya no recordaba si mi amiga estaba enterada de mi decisión, pero por alguna razón que desconozco, esta vez sentí que no sería tan terrible volver, y fijando mi mirada en la pequeña criatura amarilla sellé mi destino con un simple "esta bien".

Así que, de vuelta a la difícil tarea de utilizar las neuronas, solo se necesita un soplo para sacudir el polvo de las teclas y cumplir las palabras dichas a mi honorable Chiclez-chan. A ver, seis de mis rarezas...

1) Bueno, soy un dragón, ¿cuántos pueden decir eso? No un dragón con escamas y alas, soy más bien de la raza sin escamas que mide metro y medio y camina en dos patas, pero eso sí, el temperamento es el mismo. Aunque sea miniatura conmigo hay que tener cuidado, el mejor perfume viene en frascos chicos... y el peor veneno también.

2) Suelo ponerle nombre a las cosas que me pertenecen. Mi reloj se llama Casiopea, mi computadora Salomona, y mi abrochadora favorita Pirson. Claro que las cosas que se terminan rápido (como lápices y monedas) no se nombran, sería encariñarse sólo para sufrir después.

3) Tengo la habilidad de "tildarme", que es quedarse con la mente en blanco (quien dice que no se puede hacer es porque nunca lo ha logrado), y puedo pasarme así mucho tiempo sin siquiera parpadear. Trae aparejado conflictos sociales pero es muuuuuuy relajante y sirve bien para hacer una "limpieza" cuando se tiene demasiado en que pensar.

4) Me gusta subir a los árboles. Hay quien dice que tengo complejo de mona, pero no lo puedo evitar, está en mi naturaleza como ir al baño o intentar comunicarme con las abejas. Últimamente no he podido hacerlo por estar fuera de forma pero ni bien pueda me escalo un roble.

5) Soy aficionada a los dibujos animados (otaku sobre todo pero no me hace asco darle una oportunidad al cartoon) y miro TODO lo que sale en la TV al menos una vez para ver que tal es y de que se trata sin importar lo ridículo que parezca; eso incluye muchas veces programas infantiles no-animados como los power rangers o animación por computadoras como Backyardigans, un programa para niños pequeños al que inesperadamente me he vuelto adicta.

6) Tengo novio, considerando como soy de por si eso es una rareza.

Sé que debería "pasar la bolita", pero como no tengo a quien, supongo que regresaré a descansar hasta que la luz de la luna me despierte nuevamente, o hasta que el eco de un dulce piar me anime a volver de entre las sombras. En cualquier caso, sé que será pronto.

El dragón urbano ha regresado.

agosto 06, 2006

Asombro


Pensamientos de un dragón urbano durante un agradable regreso.



Hoy es un día de asombro. El viento sopla, los pájaros vuelan, las piedras de la calle crepitan bajo mis pies y no puedo dejar de asombrarme con cada uno como si nunca los hubiese visto. Hoy me di cuenta de la importancia del asombro, que tan subestimado y tan importante como es, de pronto nos hincha el corazón de la más profunda alegría, y sin razón y sin motivos nos hace contemplar el mundo con los ojos bien abiertos de un niño entusiasmado.

Venimos al mundo rodeados de asombro, y conforme lo recorremos, como es natural, nos asombramos. Sin ir más lejos, ¿quién podrá olvidar jamás la curiosidad desbordante que nos provocaba el jalar la cadena de inodoro? sólo por ver como giraba el agua, por asombrarse, uno se pasaba horas en el baño; y ni hablar de las cosas que se tiran adentro sólo para ver cómo el agua se las lleva. Esas cosas que a veces de grande nos provocan risa o vergüenza, de niños eran los pilares de nuestro mundo.

Hoy vi, desde la ventana del colectivo, el vuelo siempre enérgico de un diminuto pajarito. He visto muchos pájaros volar en mi vida, volando sobre mi cabeza, frente a mí, de arriba para abajo y de un lado para el otro, pero esta vez fue distinto. Voló en la misma dirección, a la misma velocidad en que iba el colectivo, y pude ver como sacudía las alas, las cerraba para descansar, caía levemente, volvía a levantarse en el aire, se alejaba volando en otra dirección, y aunque el momento sólo duró dos segundos contados con reloj sentí una oleada de asombro que me golpeó como un puño cerrado. Pensé en Poldy Bird, escritora de tan dulces cuentos embriagados en inocencia y pureza, y en aquella frase que había leído: "el asombro, ese milagro que de pronto nos resucita", y de pronto me sentí feliz y exaltada, como cuando de niña conseguía después de mucho esfuerzo abrir el carozo de los duraznos para ver que tenían dentro. Sabía que dentro había una semilla, me lo habían dicho, ya alguien había abierto un carozo tiempo atrás; pero yo quería descubrirlo otra vez, porque descubrir la misma cosa dos veces no le hace mal a nadie.

A veces parece que al crecer uno pierde esa capacidad de asombrarse por todo, porque poco a poco va conociendo el mundo que lo rodea, porque quizás el no saber muchas veces nos hace sentir menos frente a los demás, nos humilla. Sin embargo, hoy me di cuenta casi sin querer que en algún momento, por misericordia de Dios y tal vez también por mi propia candidez infantil que regresó a salvarme un poco la vida, recuperé ese don divino de asombrarme con lo más pequeño, de aceptar sin disimular que aún me queda mucho por aprender, y no me siento en absoluto avergonzada. Que bueno es saber, ¡pero qué bueno es aprender cosas nuevas que antes no sabía!

El sol brilla a través de una nube gris y azul, ¡asombro!, los charcos que la lluvia de la mañana dejó están llenos de agua cristalina, ¡asombro!, una pequeña araña blanca reposa en una flor, blanca también, esperando que una presa desprevenida se acerque lo suficiente... Me quedo mirándola. ¡Que asombrosa, que sorprendente es la obra de Dios en todas sus formas! esa misma flor que vi ayer ahora tiene una araña, la flor es la misma, el lugar es el mismo, ¡pero la sensación es nueva porque nada puede ser igual dos veces!. "El asombro, ese milagro que de pronto nos resucita", ¡que hermoso es darse cuenta de que todavía hay tanto que aprender!

De niña, el mundo estaba plagado de asombro. Ahora que soy mayor me doy cuenta de que el asombro creció conmigo.

julio 25, 2006

A Babu

Pensamientos de un dragón urbano una tarde nublada de invierno.


Hace mucho que no pienso en vos, ni te hablo, o escribo alguna frase en honor a tu nombre. Hace mucho que el tiempo secó las lágrimas que se derramaron con tu partida, o que el eco de tu voz dejó de resonar en mi mente con esa dulzura loca que me hacía sonreír.

Hace mucho que ya no estás conmigo, pero como estás adentro, resguardada para siempre del olvido por la frágil coraza de la ternura, protegida día y noche por los ángeles que guardan los recuerdos, no les cuesta a los momentos de profunda inspiración traerme tu recuerdo, hacer que te extrañe...

No sé cuantos dias pasaron desde que te fuiste. Nunca me preocupé en contarlos. Sin embargo, hoy siento que hubiese sido ayer, porque cuando más se extraña a una persona es en el preciso instante en que te das cuenta de que no la vas a volver a ver; el tiempo, como buen artesano que es, se encarga de reparar todos los daños mientras el ayer se aleja. Ese ayer en que derrame dos lágrimas: una por vos y otra por mi. Por vos y por todo lo que dejabas atrás, por mí y por lo que me esperaba adelante.

Soy fuerte, aunque a veces los golpes me duelan más de lo que esperaba; ya aprendí a aceptar tu ausencia como una parte más de la vida, a entender que los que se van están mejor, y que la verdadera herencia de las personas no es lo que obtiene de sus ancestros, sino lo que deja a sus decendientes. Y vos, que con dos palabras me decías más de lo que nadie podía llegar a entender, me dejaste tantas cosas que no me alcanzaría la vida para agradecer a Dios. Porque con una sonrisa me mostrabas que el mundo era hermoso si sabías mirar. Porque me enseñaste que en un juego de cartas lo importante no son los naipes, sino la mano que hace las jugadas. Y porque junto a vos aprendí que se puede tener el corazón gastado y el cuerpo adolorido, pero que la verdadera fuerza no se termina mientras el corazón insista en latir.

Nunca aprendiste a leer, en tu tiempo eso no era importante y las posibilidades eran pocas, me decías. No lo dejabas notar, pero yo sentía lo mucho que eso te avergonzaba. ¡Si pudiera decirte ahora lo mucho que me enseñaste sin escribir una sola palabra! ¡Si pudiera decirte que con vos aprendí más de lo que cualquier escuela me pudo haber enseñado! Tan poco, tan poco tiempo juntas, y aún asi con una mirada me mostrabas el mundo de mil maneras. Con tus manos que jamás había escrito una sola letra me señalaste verdades insospechadas como si fueran las cosas más obvias del mundo. ¡Era tan bello, tan dulce ver tu cara que siempre sonreía pese a los años, como si la vida fuera un juego que rejuvenceciera el alma y el tiempo nada más que un aliado que en broma arrugaba las carnes! Como te miré, con esa mezcla de sorpresa y profunda admiración, cuando te confesé mis planes para el futuro y me dijiste que podía hacerlo, aún cuando todos los demás se burlaban de mí y decían que no lo lograría...

¿Sabés qué Babu? No lo conseguí, no pude hacer eso que quería hacer. Todavía estoy a tiempo, pero ya no sé si lo que quiero es lo que en verdad necesito. Y pensando, y recordando, sentí que te había fallado... sin embargo ahora me doy cuenta que eso era lo que intentabas decirme. "Hacé lo que quieras hacer", me decías que siguiera lo importante, y eso voy a hacer. Quiero que desde arriba te sientas ogullosa de mí. Quiero que ese pedacito de cielo que sembraste en mi alma crezca tanto como pueda, tanto como quiera, para tener en mi vida una décima parte de la luz que había en la tuya.

Nunca pude decirte cuánto te admiraba. No llegué a verte morir.

Quizás eso haya sido lo mejor. No puedo imaginarte sin fuerzas, rindiéndote. Esa no eras vos. Todavía te veo como aquel día en el hospital, poco antes de tu partida: luchando, luchando siempre, con esa fuerza que los años de alegrías y tristezas te habían enseñado a tener.

A veces me pregunto si te sentiste sola en ese momento, pero sé que no, porque Dios estaba con vos, igual que lo estaba conmigo mientras lloraba amargamente tu partida hacia el interior de mi corazón, sin derramar una sola lágrima excepto por esas dos que no pude contener. A veces me pregunto si sentiste lo mismo que yo cuando murió ese amor de tu vida que fue mi bisabuelo, me pregunto si lo viste en ese momento, y si los ojos te brillaron como cada vez que te lo mencionaban, con ese brillo que me enseñó que ni el tiempo ni el olvido pueden matar el amor.

A veces me pregunto si lo que sé es lo correcto. Seguro que vos podrías habérmelo dicho.

Hoy sentí la necesidad de recordarte. Quizás debí poner flores en la piedra seca que marca tu epitafio el día en que tu cuerpo pasó a formar parte de la tierra, pero vos y yo sabemos que el cuerpo no es más que una envoltura, que ese "algo" que se hundía en el suelo no eras vos. Quizás debí pronunciar un largo discurso en tu honor, lleno de esas frases conmovedoras que tanto gustan a la gente, pero como vos me enseñaste, a veces las palabras son tan inútiles que no vale la pena decir nada, porque el corazón habla con el silencio.

No se pude poner flores a las lecciones que me dejaste, ni explicar con palabras el brillo de tu sonrisa. No se puede.

Por eso escribo esto.

A vos, que fuiste todo lo que eras y mucho más, que me enseñaste a ser lo que soy sin miedo a nada, que me contagiaste la pureza y la nostalgia con un grito de alegría y el golpe de un bastón.

A vos, Babu, muchísimas gracias.

julio 20, 2006


Mi Lugar

Pensamientos de un dragón urbano cuando la noche desdibuja el horizonte.

"Necesito un lugar" pensó un día la dragona, mientras veía a lo lejos la silueta de los autos recortados contra el fondo naranja del amanecer.

"Necesito un lugar donde guardar mis tesoros" se dijo de nuevo mientras las suaves teclas rozaban sus dedos, endurecidos por el constante golpeteo.

No es fácil ser un dragón urbano, encerrado entre paredes de cemento donde las alas no se pueden estirar. Los caminos de asfalto y piedra que tomaron el lugar de las extensas praderas no dañan las patas de un dragón, pero golpean su espíritu. Los azules y extensos cielos fueron reemplazados por la visión de un nublado horizonte, surcado de oscuras siluetas distantes, sombras de edificios que encierran a criaturas que aprendieron, como uno, a caminar en dos patas y vestirse con incómodos atuendos.

No es fácil ser un dragón urbano en una tierra de gatos y serpientes, donde ver otro dragón es tan difícil como volar entre las construcciones que ocultan el sol. Más difícil aún es encontrar un lugar donde se escuchen sus rugidos, o donde contar sus historias; porque las historias, para los dragones, son tan valiosas como el más grande de los tesoros.

No es fácil ser un dragón urbano que necesita un lugar, porque rodeado de gente encerrada en sí misma, los dragones también se encierran, y el pequeño refugio personal se vuelve aún más difícil de encontrar.

Por eso la dragona lo busca. Pero hasta que lo encuentre, pasa sus ratos creando con pedazos de ilusiones sitios donde poder reposar.

Este es uno de ellos. Yo soy la dragona blanca que habita entre la gente sin rostro.

Soy el dragón urbano, y este es mi lugar.